Martes , 27 Junio 2017

Las argucias del canciller

 

Hace unos días que el canciller cubano Bruno Rodríguez afirmó que en la Isla se puede protestar en las calles contra el gobierno sin riesgos de ningún tipo.

Eso fue lo que dijo ante las cámaras del canal Euronews para una audiencia que mayoritariamente desconoce los habituales episodios de brutalidad por parte de la policía y sus colaboradores en detrimento de opositores y activistas de la sociedad civil independiente.

En la Cuba real, que rara vez aparece en los discursos de los funcionarios, no hay tolerancia que valga.

En los tiempos que corren, plasmar el descontento en un cartel y enarbolarlo en la vía pública sigue siendo un acto que se castiga a toletazo limpio.

Si la protesta incluye el nombre de Fidel o de Raúl Castro, suben las probabilidades de que las lesiones sean graves y el culpable termine delante de un tribunal como paso previo a la cárcel.

De eso tiene constancia la Dama de Blanco, Berta Soler y todas las mujeres que cada domingo exigen la libertad de los presos políticos y el cese de la represión, en las calles aledañas a la iglesia de Santa Rita.

Ellas llevan las marcas del odio gubernamental que las turbas se encargan de repartir, según las indicaciones de sus patrocinadores.

Esa democracia citada por el señor Bruno Rodríguez para calzar su intervención y de la cual dijo sentirse muy feliz y cómodo es parte de la utilería que el poder usa a sus antojos.

El pluripartidismo, la división de poderes y la legitimación constitucional de los derechos fundamentales no aparecen en los planes de reconversión de un modelo que a todas luces transita hacia un socialismo de mercado a la usanza china.

Cada día hay evidencias de que las calles, como una vez sentenció Fidel, es de los revolucionarios. No hay variaciones en aquella resolución dictada desde una tribuna, entre los habituales aplausos y vítores.

Los partidarios del régimen, auténticos y fingidos, cumplen al pie de la letra con el legado del Comandante en Jefe.

En la entrevista con la televisora europea, el canciller actuó como le corresponde en el libreto. Ni más ni menos.

Quiso tapar el sol con un dedo. Describió un país ajeno al que representa.

En fin, dijo cosas que hieren la sensibilidad de las personas que conocen de primera mano la naturaleza de un gobierno hostil a las reglas democráticas.

Protestar contra las arbitrariedades de la policía y el pésimo desempeño de los burócratas encargados de la economía es jugar con fuego.

Hacerlo al aire libre, significa entrar de lleno en la hoguera. Bruno conoce todos los detalles. Él contribuye a avivar esas llamas.


 

Scroll To Top