Martes , 27 Junio 2017
El Sexto, ¿libre?

El Sexto, ¿libre?

El grafitero Danilo Maldonado, más conocido por El Sexto, todavía no está libre. Ahora tiene un poco más de espacio detrás de las rejas invisibles que la policía política ha levantado alrededor de la vida de cada cubano.

Su reciente liberación de la cárcel de Valle Grande, situada en las afueras de La Habana y donde se encontraba desde diciembre  del 2014, fue solo el cambio a una celda más amplia. Uno de los “gestos humanitarios” que la nomenclatura guarda para los momentos oportunos.

Con la vuelta a casa del artista contestatario, hay regocijo en su familia y en las personas que al igual que él se quitaron las máscaras y los disfraces de ocasión para plantarse frente al despotismo con el miedo bajo control y la convicción de proseguir la lucha por la instauración de una democracia.

También allende las fronteras llegan las satisfacciones de que un joven haya salido del infierno carcelario sin cargos y con las secuelas, quizás para el resto de su vida, por haber permanecido casi un año encerrado en condiciones deplorables.

Amnistía Internacional es una de las organizaciones que ha recibido con beneplácito la decisión del gobierno cubano de ponerle fin a otra de sus arbitrariedades.

No hubo ni juicio, ni explicaciones convincentes sobre el encarcelamiento por un “delito” que no se llegó a materializar.

Como bien se sabe, el performance que El Sexto pensaba realizar en un parque capitalino con dos cerdos que tenían inscrito en sus lomos los nombres de Fidel y Raúl, fue abortado por un operativo de los agentes de la seguridad del Estado, antes que él llegará al lugar previsto.

De todas formas, recibió su merecido por propasar los límites de la tolerancia que el poder modifica a sus antojos.

Quien haya estado en alguna de las prisiones de Cuba, independientemente del tiempo de reclusión y la zona geográfica, puede dar fe del costo físico y sicológico.

Por experiencia propia, esos diez meses habría que multiplicarlo por tres para tener una idea de lo que es sobrevivir en un ambiente de violencia, enajenación, hambre e insalubridad.

Como es de esperar los presos políticos tienen garantizada una cuota adicional de sufrimientos en ese submundo que el castrismo expandió por todo el territorio nacional.

¿Es normal que un país habitado por algo más de 11 millones de habitantes tenga alrededor de 200 cárceles y campos de trabajo?

En la lógica de los mandamases eso no es defecto a censurar, se trata de una necesidad para llevar adelante el proyecto revolucionario, con sus unanimidades y obsesiones de grandeza.

El hecho de no estar ahora mismo dentro de un calabozo con sus barrotes pintados de negro, las paredes rugosas y un hueco en el suelo imitando un inodoro, es una circunstancia a celebrar a medias. En realidad, todos seguimos presos.

Estar en la casa o desandando por algunas de las ruinosas barriadas de la capital es como estar en el patio de alguna cárcel o en un correccional sin internamiento a expensas de un cambio de medida. El Sexto lo sabe.


 

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